14 Kilómetros separan a España de Marruecos, a Europa de África. Y éste país, el más occidental de todo el continente, el más moderado del islam, protectorado francés hasta hace apenas unas décadas, parece estar a cientos de miles de kilómetros.
Arropado por el abrigo de Mahoma, sus gentes, sus andares, sus acentos y sus costumbres ritualizadas siguen el paraguas del islam.
La Medina, coronada por decenas de minaretes y encorsetada por una monstruosa muralla (tiene el privilegio de ser la ciudad más y mejor fortificada del país), se construye como un laberinto de zócalos, callejones y calles sin nombre en los que el animal, el hombre, la tierra y el alimento habitan el mismo espacio, desprenden el mismo olor y articulan los mismos guiños.
Desdecendientes de la herencia bereber, esta tierra posee el sortilegio de brivar a ritmo de letanía, de música levítica, de estado zen. Las flautas que llaman a sus cobras, los tintineos de los aguadores y los pregones a la oración funden a esta población en un karma que adormece por momentos la conciencia.
Sus vaos, desprendidos de los puestos improvisados de comida, de la esencia de sus especias, de las pieles de sus cueros, se funden y confunden al viajero.
Tan cerca y tan lejos está Marrakech, tan embriagada de sí misma que no permite apuntar hacia ningún horizonte más alto que el de sus mezquitas. Los velos han sido sustituidos por falsos burkas, una mezcla del ropaje afgano con briznas de chilaba musulmana.
La ciudad rosa sigue habitada en el olvido, esperemos que un día despierte y abandone su imagen romántica de ciudad de aromas para incluir la libertad en sus gentes.
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1 comentario:
"Ver para creer", Cris. Muy buena crónica. Bisou.
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