Son las cinco de la mañana y de pronto la ciudad dormitada se mece acurrucada por el arrullo del lamento quejumbroso. Desde la mezquita de la Koutoubia, uno por uno, los minaretes apuntan al alba mientras cantan al mundo Ala es grande.
Este llamamiento a la oración, casi como una nana, recorre cada rincón de Marrakech, de pronto todas las mezquitas, radios y televisiones conectan al mismo tiempo y cantan al unísono. Es la misma escena que se repite en el momento álgido del día, las 12. Cuando la ciudad despierta traquetea con sus quehaceres. En ese preciso instante, todo se vuelve a detener. Cada puesto cierra sus puertas por un momento y al pie de una alfombra el hombre se humilla ante Dios. Esta escena, sigue repitiéndose por cinco veces.
Ningún edificio supera la altura de las mezquitas que se yerguen rectas y apuntan al "impresionante", uno de los 99 nombres de Alá.
Precede el ritual las abluciones, también como una serie numérica se repiten de tres en tres. Tres veces se lavan las manos, tres la boca, la nariz, tres el brazo derecho, tres el izquierdo y lo mismo en los pies. Una sucesión de movimientos que conmueven ante los ojos que observan cómo ante la más mísera de las miserias el hombre alaba a Dios.
Marrakech y su medina, meditan, oran, y se acuclillan a pesar del vacío de lo más esencial. Sus callejones encierran vida pero sobre todo alma.
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